El pirata de los mares del sur

El barco quedó varado en el acantilado. Por suerte estaba cerca del pueblo y pudimos trepar hasta un pequeño campo que nos condujo fácilmente a casa. Era tarde y nuestra madre nos esperaba con la cena, un pequeño cuenco con arroz y algunas raíces. Estábamos tan hambrientos que nos hubiésemos comido cualquier cosa, incluso a nuestra propia madre. El día había sido complicado, tuvimos que enfrentarnos a una de esas grandes embarcaciones que últimamente circundan nuestros mares y tratan de arrasar hasta el más pequeño de los peces. Pero habíamos fracasado y volvíamos tristes y abatidos, una vez más habíamos perdido un banco de peces que podría haber sido nuestro sustento en los próximos meses y quien sabe si también años. Ellos nos atacaron con armas enormes, nosotros apenas teníamos con qué defendernos y las olas tumbaban nuestra pequeña barcaza y quedaba enseguida bajo las olas, oculta bajo su barco. Logramos volver, pero en la lejanía veíamos cómo una red gigante se llevaba nuestro más preciado tesoro.

Foto Blog

Dicen que soy un pirata aunque no llevo parche ni pata de palo, pero surco los mares del sur protegiendo mi cofre repleto de oro, ese que me quieren arrebatar los grandes barcos que vienen del norte. Nací y crecí en Somalia y ahí aprendí a valorar el mar y la fauna marina como si fueran parte de mi familia y es que de alguna manera esos peces me ayudan a continuar viviendo, me dan de comer y son el sustento económico de muchos de los habitantes de mi aldea. Somos lo que somos por el mar que nos rodea.

Desde hace algún tiempo los grandes caladeros que no tenían propietario tienen quién los explota y son precisamente esos que ostentan los barcos suficientemente potentes como para llegar hasta allí y soltar sus redes. Nadie es dueño del mar hasta que una gran potencia lo decide por los demás. Nosotros antes a duras penas vivíamos pescando en las orillas de nuestros ríos los escasos peces que lograban acercarse desde esos caladeros hasta nuestras costas pues nosotros apenas lográbamos llegar hasta allí. Pero desde hace meses ya no llegan peces a la costa, porque los grandes se lo llevan para que en el norte puedan comer pescado hasta saciarse y estos pescados ya nunca consiguen arribar hasta nuestras aldeas. Cada día son más los pescadores que dejan sus redes y no pueden llevar alimento a sus casas. Cada día somos más los que sobrevivimos con apenas un cuenco de arroz. Y no tenemos quién nos defienda porque el Gobierno que nos regía cayó hace algo más de 18 años y desde entonces el caos es nuestro único regente, por eso las grandes potencias andan a sus anchas y se adueñan de lo que dicen que no es de nadie.

Cansados de ver cómo venían a arrebatarnos lo poco que nos queda, mis dos hermanos y yo decidimos enfrentarnos a ellos y declararles la guerra, una guerra abierta en la que sabíamos que nosotros teníamos mucho más que perder que ellos, pero en la que pusimos todas nuestras fuerzas. Así que nos lanzamos al mar, con una barcaza acorazada con juncos y todo lo que nos encontramos por el camino y armados con unos viejos kalashnikov que conseguimos a través de un primo que se ganaba la vida con negocios turbios. Salimos al mar y en la primera ocasión logramos nuestro primer triunfo, ese que nos animó y puso el punto de partida a nuestro intento por recuperar nuestro sustento. Secuestramos a dos pescadores europeos, nos hicimos con dos rehenes imprescindibles para comenzar a negociar. Conseguimos más apoyo de otros pescadores somalíes que se convirtieron en piratas y empezaron las disputas por el mar.

Las empresas que pagan a los pescadores del norte son fuertes y poderosas y pocas nos temen. Nuestros secuestros tuvieron gran repercusión mediática y los gobiernos del norte lejos de comprender lo que ocurre decidieron apoyar a estas compañías que ganan millones y millones a costa de los mares del sur. Una vez más el poder político se pone del lado del poder económico.
Sin embargo, la hazaña de los secuestros alentó nuestra situación y nos ofreció una pequeña luz esclarecedora. Mientras esos pescadores permanecieron en nuestras redes, los grandes barcos temerosos se negaron a continuar faenando en los caladeros y nuestras costas comenzaron a recibir pescados. Los vecinos de mi aldea sorprendidos con la situación pudieron pescar y vender sus mercancías en el pueblo, lo que mejoró la situación durante varias semanas. Las cosas funcionaban y las grandes redes habían desaparecido por lo que la situación volvía a la normalidad. Mis hermanos y yo contentos con todo esto dejamos libres a los norteños que creímos que habían aprendido la lección.

Sin embargo, después de un tiempo las cosas se tornaron difíciles y los grandes buques volvieron a surcar nuestros mares, ahora escoltados con otros barcos que nos apuntaban si nos acercábamos a ellos. Nosotros seguimos en nuestra lucha y seguiremos protegiendo nuestro tesoro marino, ya sea como piratas, ya sea como somalíes.

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